sábado, 12 de junio de 2010

Pasaje familiar campesino vivido en la niñez.

Tía Herminia -con su andar tan saleroso e infantil, su vestido de medio luto y delantal cuadriculado- se divisa por la carretera. Las mujeres que han empezado temprano la vendimia la ven pasar y le saludan con alguna que otra broma.

Subirá el camino a visitar a sus vaquitas del alma, que están en la gañenía, al otro lado de la montaña. Al pasar por el grupo de mujeres que están cortando la uva, avisa de su presencia echando unos gritos a su hermano Tomás que, entretenido a las faldas de la pequeña y panzuda montaña, coje hierba paro los animales: " Ah Tomás fuiste y viniste y no hiciste nada ¿ a qué coño fuiste?". Esta retajila, tan repetida y elocuente que le hacía a su hermano, no lo entendía, ni tan siquiera busqué un porqué. no eran tiempos de preguntas. fue en el pasar de los años donde le di sentido; refiriéndose, seguramente, a la larga emigración y estancia que tuvieron sus hermanos en Cuba y en la forma en que a la vuelta perdieron sus ahorros.

Aún no asoma el sol, empieza a despuntar el día. Las vendimiadoras -con sus pañuelos debajo de sombreros de ala larga cubriéndoles las cabezas- se protegen de una jornada que posiblemente será larga y calurosa. aprovechan la frescura de la mañana, para dar rienda suelta al corte de la gustosa uva negra. mañana tocará a la dulce blanca. Es un ir y venir sacando las canastas de racimos de las huertas al camino, donde espera Antonio con su caballo para pasarlas a las cestas y llevarlas al lagar.

¡Viejo lagar!: aún conserva la viga, el husillo, la piedra y la lagareta. Protejido por un manto de enredaderas y dormido en un profundo letargo. La casi desaparición de la viña en la comarca y los nuevos métodos de elaboración del vino, lo han dejado a la espera de sus dos últimos destinos :Que para el esparcimiento industrial el especulador lo desaparezca; o que el concejal de ecolojismo y tradiciones históricas lo proponga como museo del vino.

Lagar, donde la disculpa de la infancia me lleva a estar con mi padre pisando uvas. No alcanzando la maestría del pisado fuerte y acompasado que con tal arte él realiza.

Llegado el medio día, la familia vendimiadora parará la faena. Algunas mujeres se han ido antes a preparar la comida campestre.

A la sombra del viejo pino solitario -situado donde empieza la montaña quemada y terminan las huertas se extiende el mantel blanco en el suelo. sobre el mismo, se esparcen las papas arrugadas, guisadas con leña de viñedos al igual que los plátanos medio verdes, las rodajas de gofio amasado, el trozo de pescado salado con su mojo rojo correspondiente en cada plato y no faltando la garrafa de vino blanco viejo y el refresco de la "gota canaria".

Todos se van acercando alrededor de la exquisita comida preparada al aire libre. Los mas viejos buscan una piedra plana que les sirva de asiento. Las mujeres y peones mas jóvenes se engurruñan o se tienden en el suelo. No importa la postura, lo importante es tener un descanso y aliviar la fatiga del estomago, (como soy un ferringallo... qué manía de mi madre de ponerme a comer aparte, a orilla de la tajea).

Aunque el cansancio de la tarde no será igual que el de la mañana, va quedando menos por hacer. Tía Herminia y tío Tomas han subido a la gañenía a ordeñar las vacas y darles de comer.

No me apetece entrar en el lagar a pisar los últimos racimos de uvas. Las peligrosas abejas me retraen. Me siento en la escalinata para ver como los hombres hacen girar la piedra redonda y pesada, haciendo que se separe del suelo y trasmitiendo esa presión (por medio del husillo y la viga) al otro lado del lagar a unas tablas puestas encima del conglomerado de racimos de uvas o engasos, envueltos por una gruesa y extensa soga. Ya han hecho el primer pie... El mosto baja a la lagareta, después pasará a las pequeñas barricas hasta llegar a la barrica grande para su fermentación. Se hace la noche y encienden el carburo...


autor: Victor Juan Pérez