domingo, 5 de abril de 2009

A LA MUERTE DE BENTOR


¡Cómo me parezco a ti!
Realejo, ¡Roto Realejo!
Hecho a lomas y barrancos,
hecho cristales de espejo.
¡Cómo me parezco a ti!
¡Realejo roto! Realejo.

Ya no se escucha el silencio,
ni a los ladridos del perro,
que a las cabras reunía
bajo la sombra de un cedro.

Ya no se escuchan los silbos
que, enamorados del viento,
por las quebradas se van,
revelando los secretos
de los guanches de Tigayga,
de agoreros y menceyes;
como el llanto de Bentor,
último mencey de un pueblo,
que fue a morir a los goros
donde tenia sus muertos,
ya xaxos embalsamados,
yertos, como estatuas, yertos.

Es como un desgarro al aire,
aquel silbo de cuchillo,
habla de luchas y muertes,
de violación y de heridos,
de sadismo y saqueos,
de expropiación y cinismo,
de conventos religiosos,
de lo más sucio y pútrido,
tras de hábitos y signos,
tras los más ricos vestidos.

¡Como va brincando el aire
las notas de mi silbidos!
Bentor, mencey de Tigayga,
el del corazón partido
por las noticias que el aire,
pusieron te en tus oídos.

Como una sombra del risco,
como cuando sopla el frío,
te ve la Luna pasar,
llorando al oír tus gritos,
muriendo al ver tus silencios
que un trueno llevó consigo.

Y el trueno, la sangre,
que arrancó carne en el sitio,
que con un chorro de fuego
dejó en el suelo tendido
un guanche, al gritar: ¡Justicia!

¡No me quitéis esto, es mío!

Y van y le quitan todo,
y le arrebatan al hijo
matándole a la mujer
y de quién había nacido.

¡Pobre Bentor! Tus silencios
te quedaron en un nido;
otras voces los barrancos
desbocaban en el sitio
donde la plata nocturna
caía en chorros, cual ríos.

Palabras que él no entendía
que profería el enemigo:
¡Hay que matar a la sombra
de este pueblo, de este risco!

Y fétido olor le vino
del valle y de los barrancos
de cuerpos de sus amigos,
muertos por un arcabuz
o por la peste, de frío;
por no dar la libertad
dejo el vanote prendido
con una flor en el pecho
el no serías un cautivo
se quedaría a la sombra
de Tigayga, de su risco.

Mencey Bentor, soy…
soy un guanche con su hijo,
que en los brazos de un goro,
taponó y quedó dormido.

Bentor, tu silbo fue al mar
bailando por los barrancos,
como tú, en el besñamén,
al tiempo, que ibas cantando.

¿Cantas ahora Bentor?
estas llorando, no cantas.
¡Guayaxeraxis!¿Guayaxeraxis!
reventándote está el alma
como Guayota y Echeyde;
al mar se le fue calma
los quejidos del mencey,
ya son ecos de una llama.

¡Acaman!¡Acaman!

Y se fueron retumbando
por el valle sus lamentos,
como de cabras rebaños;
los nativos y extranjeros,
lloran al oír su llanto;
el cielo, es un desgarro,
su alma en licuo reflejos,
se rompe entre los guijarros;
de pesar está repleto
el corazón del menceyto.

¡Bentor, Bentor, Bentor!

La parca es quién le llama;
la huirma, roba una zarza;
la sangre en su piel gritaba:
“Soy el último mencey
que profanaba una zarza”

Y el guincho sube a los cielos
y el sonido, como un gaviota blanca
se unió al grito de: “Acaman,
Guayaxeraxis”- mi alma
se unirá a ti en su vuelo.

Unos guanches contemplaban
a Bentor loco de pena
¡¡Guayaxeraxis, Acaman!!
Y la sangre se les hiela
al ver como las palabras,
lágrimas aquél hiciera.

¡Bentor, Bentor!

Le esperaba como esposa,
cómo una esposa que espera,
la muerte espera a Bentor
pero aquél es quién espera.

Suben el risco Tiraiga
y en la cascada de piedra
se oye el grito de Bentor,
a su lamento y su queja.

¡¡¡ GUAYAXERAXIS!!!
¡¡¡ ACAMAN!!!

Y aquella gente perpleja
ven como viste al mencey
el aire que le trajera
las dramáticas palabras
que, el silbo, gravó en la tierra
repitiéndola el barranco
hasta que enloqueciera.

Y su cuerpo en el vacío
no profirió ni una queja
y los guanches que le vieron,
dijeron: “Vamos, espera”.

Y se envolvieron de aire
y llora el risco de pena;
la muerte creyó esperar
y son ellos los que esperan.

Los castellanos al verlos,
su andar retienen a fuera
y Guayaxeraxis da
a la luna por ofrenda.
¡El cielo se hizo su goro
de todo el valle y su tierra!


autor: Francisco Hernández (Paco chacón)



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