Víctor Juan Pérez
Fotos. Archivo Municipal Ayuntamiento de Los Realejos
Colaboración con la aportación en la idea y datos:
María del Carmen Hernández Pérez
En el pasar de los años, volver al recuerdo de lugares o momentos entrañables de la niñez, te hace encontrarte contigo mismo, con tus vivencias y cuando son agradables, al pasarlo a la escritura reconfortan y parecen vivirlos otra vez. En esta nostálgica distancia, /guardo en la memoria /el verme con ojos de niñez, /escamoteando los sueños /recordando semblanzas.
Voy a recrearme, haciendo un recorrido por el pueblo donde nací, por sus callejones y calles empedradas, otras asfaltadas, algunas otras de adoquines; con sus pequeñas casas de piedras y barro techadas en tejas, otras señoriales. Calles con un solo vértice, que era la plaza e Iglesia del pueblo y a su vez, encuadernado por barrancos y platanales. Me estoy refiriendo a mi pueblo del Realejo Bajo, en la década de los cincuenta y sesenta del siglo pasado.
Lo voy hacer, haciendo mención a sus ventas, pequeños comercios, personajes etc… indagando de una manera un poco superficial, el recuerdo de ventas desaparecidas, por la evolución del comercio moderno o por fallecimiento de sus dueños y que estuvieron de alguna manera, dando vida durante años, al quehacer diario de los habitantes de este pueblo.
Frente al mismo, estaba la bodega que regentaba la familia “Misteralto” Migue Velasco, con su buen vino blanco tradicional, acompañado siempre por chochos, manises. Ya empezando a bajar la calle de la Cruz Verde y por debajo del cementerio, se encontraba la venta y bodega de Don Antonio “el alemán”, no es que lo era, sino es un apodo que se les añadía al nombre de las personas, para mejor identificarlas. A esta venta como tantas otras, las vecinas hacían sus compras diarias casi siempre fiadas, pagando al final de semana o al mes, que era cuando sus maridos cobraban el salario, también se despachaba vino blanco acompañado con algo de condumio, pan con chorizo, manises etc… siempre con el buen trato a los clientes. Recuerdo un gran parral de uvas, que servía de sombra en la parte trasera o patio con vista al Realejo de Arriba, finca con su gran charca de los Iglesias y barranco de Godínez.
En la calle La Acequia, que está entre la del Medio y la Cruz Verde, estaba el correo de Don Pepe y el vendedor al por mayor de cigarrillos, tabacos, golosinas etc…Don Tomas “el siete”, encontrándose cerca el cuarto de ensayos de la banda de música la Filarmónica, que luego se trasladó al puente del Realejo Bajo.
En la parte trasera de la iglesia o calle Cruz Verde, estaba la panadería de Don Agustín, con su panadero Don Sebastián conocido por “Chano,” ayudado por Fidel y su cuñado D. José mas conocido por “Peperosa”. Debajo de la mencionada panadería, se encontraba un solar, donde anteriormente fue el primer cementerio del pueblo y después carpintería y vivienda de la familia de D. Rafael “el sacristan”. Como dijimos anteriormente, en estos años el sistema de los fiados era muy usado, donde los venteros o venteras, apuntaban las compras de sus clientes en una libreta, pagando semanalmente y otras veces mensual. Así eran aquellos tiempos difíciles, como la vida misma.
Ahora estamos, en estas escalinatas de la plaza de abajo y comienzo de la calle el Cantillo (en esos tiempos registrada oficialmente como calle José Antonio). En este lugar conocido por “la esquina”, se encontraba la vivienda de Los Plateros y en la misma un bar o cafetín, con su futbolín, billar… y la barbería de Don Vicente el Platero, que luego en su cierre se trasladó a San Agustín, quedando solo una peluquería para señoras. Al otro lado de la calle, estaba la venta de doña Tildita y por debajo la vivienda de Don Antonio Melo y su esposa Doña Tomasa, donde en lo bajo tenían el molino de gofio, en su parte trasera la tostadora, y en la que daba a la calle, la máquina de moler el millo que lo dejaba hecho gofio (atendido por Carmelo). Además en su finca de los Príncipes y en verano se realizaba la siembra del tabaco, que una vez desojado, cocido y secado en los tendales, se traían a unos salones de su casa, donde quedaban encerrados hasta su puesta a punto, para su traslado a las tabaqueras. Bajando por el margen izquierdo de la calle, nos encontramos con la casa parroquial y su bello balcón del siglo XVII, donde en esos años, vivía el párroco de la Iglesia de la Concepción Don Antonio Socas, a continuación un pequeño taller de coches de la familia Plasencia. Por el lado derecho, la escuela de niñas de Doña Pepita, la carpintería de los hermanos de Asunción y otra carpintería en la casa de D. Manuel y doña Josefina llevada por su yerno (Felipe).
Continuando calle abajo ahora empedrada, dirección a San Vicente, (los grillos cantaban a Dios /bajo las piedras escondidos, /en noches de luna llena /en mis calles que no olvido. /Habían unas casas terreras /cubiertas de tosca pared, /tejados de barro y madera /el recuerdo invita volver) estaba la vivienda de doña Carmen la que hacía los rosquetes, al lado la venta de Miguel de la familia de los Angelinos, que después de su fallecimiento, la atendió su sobrino Miguel Aurelio y al igual que algunas otras ventas, las vecinas del lugar hacían sus pequeñas compras y los hombres se reunían en los atardeceres por la parte trasera de la venta, para aliviar sus cuerpos del trabajo duro de la platanera, hablando de sus cosas, acompañados por el vasito de vino y otros menesteres. A continuación, nos encontramos con la capilla de la Cruz del Cantillo, donde por el mes de mayo, como tantas otras se celebraban sus fiestas, con sus papadas, sus bailes amenizados por altavoces y el rezo que se hacía a la Cruz nombrando mil veces a Jesús y decía así: hoy renuncia Satanás, de mi parte no tendrás, porque el día de la Cruz, digo mil veces Jesús, Jesús ,Jesús…
Pasando la pila de agua publica que había por debajo de la Cruz (en esos tiempos pocas familias tenían agua en sus casas) vivía Doña Eusebia (mi madre) la que hacía los colocantes o (crocantes) paras las bodas y que aparte de adornar las mesas, se servía para su degustación junto con los rosquetes y dulces al final del banquete. Luego estaba, el taller de Don Francisco Hernández (el chacón), donde hacían las bayonetas y otras herramientas para los trabajos en las galerías de aguas, por debajo la zapatería de Don Vicente el zapatero, conocido por (Vicente el tambor) y la casa de Raúl hijo de don Agustín “el títere”, que tenía un carrito de venta de caramelos, pastillas chupetes… y se ponía por fuera del cine de San Agustín. Llegando a San Vicente se encontraba la venta de doña Candelaria, o mas conocida por “Yaya la de la venta”.
Ya de vuelta al pueblo, regresamos por la carretera de San Vicente, haciendo mención al bar y venta de doña Flora, después llevado el negocio por sus hijos Salvadorillo y Raúl, como buenos pescadores no faltaban los pescados y pulpos, preparados y acompañados por el buen vino. Decir que este bar fue conocido posteriormente por el “bicho”, el motivo fue que hubo en unas cuevas del barranco lindante llamado de Godínez, unos fuertes sonidos o resoplidos, que se escuchaba por las noches, parecidos a los de un gran pajarraco, bicho o ave desconocida y que muchas gentes, no solo del pueblo sino de otros lugares, venían a escucharlo y al mismo tiempo hacían la visita al bar.
Por la carretera de San Vicente y antes de llegar al Puente, pasamos por Puerto Franco, en donde estaba la venta de víveres de Don Heriberto mas conocido por (Feliberto), otra ventita pequeña donde de compraba las cuerdas para la guitarra y su dueño era Don Urbano y Martina y en la esquina con las Toscas la panadería y venta de rosquetes de doña Carmen. Un poco mas arriba, el taller de mecánica de coches y de gran prestigio de Don Cesáreo, al lado izquierdo la casa de comidas del “Pachincha”.
Llegamos al Puente o entrada al barrio de San Agustín, en una de sus esquinas estaba la carnicería de de la familia de los Ojedas ( con su matadero), en la otra esquina una tienda de venta de ropas y otros artículos a nombre de Don Nicolas y el bar el Puente. Al otro lado pasando el barranco Godinez, el bar de Don Narciso o mas conocido por el bar del “Chirre” y un poco mas allá, saliendo del pueblo, la venta de “Fefe”.
Empezando a bajar la calle de las Toscas hoy García Estrada, nos encontramos quizás la mas antigua de las farmacias del pueblo, la de Don Antonio Hernández, junto a las plaza de las Flores. Por debajo estaban la panadería de Don Salvador, la venta de Don José“Quirina” y el guachinche de Pepe el rubio. Es importante mencionar en esta calle la casa de la familia Espinosa, donde vivió en ella Don Agustín Espinosa García, nacido en el Puerto de la Cruz y que a partir de los doce años, se trasladó a vivir en esta casa propiedad de sus abuelos, considerado como el gran escritor del surrealismo español, en la actualidad después de varias ventas, la casa se encuentra en propiedad del Ayuntamiento de Los Realejos. Bajando a la salida a Puerto Franco, estaba la venta de Nicol y la zapatería de Don Severiano.
Empezando a bajar por el otro lado la calle San Agustín, estaban el taller de los hermanos Plasencia, por encima las oficinas de correos que llevaba Don Pepe, después pasaron al Realejo Bajo. A continuación el bar y en su tiempo casa de comidas “el Rubio”, la venta de víveres de Don Tomas Díaz, parada de taxis y el teatro cine Realejos, que en esos tiempos sin televisión, era lugar obligado para ver la película correspondiente, casi siempre del oeste americano o una de romanos y algunas veces las que decíamos de amor…
Seguimos calle adentro para llegar al punto de partida, estando al lado del casino, la venta de doña Manola Toste, estanco de ventas de tabacos y cigarrillos de Don Pepe conocido por el “cañón”, que aparte los vendía también al por mayor, por los comercios y bares del norte de la isla y la oficina del notario del pueblo. Entre la calle de la Alhondiga y la calle de la Virgen se encontraba el colegio privado de San Agustín, cuyo director era Don Rafael Yanes, asistían alumnos de los pueblos del norte de la isla, a hacer estudios superiores. Luego encontramos mas cerca en el tiempo, el primer supermercado existente en el pueblo, el de Don Antonio Batista, que recién llegado de Venezuela lo instaló, siendo una novedad que los vecinos-as no se quedaban fuera del mostrador, sino que podían entrar dentro y despacharse por si mismo, a diferencia de las ventas tradicionales, que consistían en un mostrador de madera que separaban al ventero que despachaba y al cliente y sobre el mostrador estaban la pesa el libro de apuntar, los fiados y el papel donde envolvían los víveres que se despachaban. Frente al supermercado el camino de “Siete Fuentes” y en el mismo estaba la afamada fabrica de fuegos artificiales “foguetería de los hermanos Tostes” cuyo propietario era Don Marco Toste, que luego se trasladaron a la Azadilla, un poco mas abajo vivía Perico el “cachorro”, que con su trompeta amenizaba a los vecinos del lugar al mediodía (a la hora de comer), con su buena interpretación de “El silencio”. Luego siguiendo la calle, nos encontramos con el callejón de “las Tenerias” y en su entrada, la zapatería de Don Tomas conocido por ”Tomas el peleta” y una embotelladora de lejías, propiedad de un hijo suyo llamado Rufino, conocido por ser cantante o trompetista de la orquesta “Taoro”. En esos tiempos y en ese camino un poco mas arriba, estaba la herrería de Don Erasmo, muy conocido en el valle por su buen trabajo, sobre todo para herramientas para la agricultura.
Siguiendo en dirección al mismo Realejo Bajo, encontramos el bodegón de Don Francisco Hernández conocido por “Paco el mono”, la carnicería también de los Ojedas y pasando el barranco Godínez la foguetería de voladores de Don Sebastián (“Chano”). Lindando al lugar, un camino que nos llevaba a un pequeño campo de futbol, donde en tiempo mas lejano, jugaba el “Unión Viera” y en los años que estamos recordando, entrenaba el equipo de futbol infantil San Agustín, cuyo entrenador Don Antonio Oliva, sacó grandes jugadores no solo para la U.D.Realejos, sino también para el C.D. Tenerife. En la ladera del mismo barranco, estaba una casa donde vivía Carmen, conocida por “Carmita la de “la ladera”, que acudía a poner inyecciones a las casa de los vecinos-as que lo solicitasen.
Y así a mi manera, he paseado mi mente por la niñez, recordando las calles, sus ventas, bares, tiendas, personajes etc… (Se me habrán quedado cosas que contar, ventas que nombrar o algún fallo cronológico), pero es normal y lo achaco a la cabeza, que a esta edad, la tengo un poco confusa y distraída.















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